Escrito por Isabel Rubio el 18 febrero 2013 dentro de Educación en Valores, Familia, General |

Añadimos a los libros recomendados este nuevo “parto” de mis queridas Eva Bach y Cecilia Martí que acaba de ver la luz.
Al igual que en El divorcio que nos une, vuelven a utlizar un método epistolar para ir reflexionando acerca de la tarea de ser padres, desdramatizando, porque no lo hacemos tan mal.
Para mí su lectura ha sido tranquilizadora, un bálsamo… miran a los padres con dignidad y va creándose, a lo largo de los capítulos, una música de fondo que serena. Hay una mirada profunda y esperanzadora sobre el hecho de educar. Como dice en la portada: un regalo para el alma de padres, hijos, abuelos y educadores.
Escrito por admin el 22 febrero 2012 dentro de Educación en Valores, Familia, General, Hijos |

Hace unas semanas comentaba que las disculpas es mejor pedirlas cuando se sienten de verdad y que muchas veces un “me sabe mal” simple y sincero es más que suficiente. Pero también hay veces en que no lo son, en que hace falta algún gesto o alguna acción que repare el mal que se haya podido ocasionar.
Estas acciones reparadoras es bueno que las planteemos como una manera de compensar al otro por el posible agravio y no como un castigo para el que lo ha cometido. También es recomendable que guarden relación con el perjuicio causado y que al principio las sugiramos los padres pero que, poco a poco, sea la propia criatura quien tome la iniciativa de proponerlas y llevarlas a cabo.
Una madre empezó a aplicarlo con su hija y un día, después de disgustar a sus padres, la nena les dijo que para compensarlo, les prepararía una merienda para chuparse los dedos. El estado semi-catastrófico en que quedó la cocina, hizo que la madre dudara de las bondades de este tipo de acciones: “Otro día le diré que no hace falta que haga nada- me decía riendo-, que con la intención me basta”.
Un ejemplo que enseña
Aún y con la parte cómica de la situación, no decía ninguna tontería. Cuando los vínculos afectivos son estrechos- como en el caso de padres e hijos, y el cariño sano, el hecho de demostrar que estamos dispuestos a hacer alguna cosa que lo compense se convierte en reparador por sí mismo. La intención es todo un signo de consideración y, a veces, no hace falta materializarla. Enseñar a los niños- a partir de nuestro propio ejemplo también- a decir “lo siento” cuando de verdad lo sentimos y, a continuación, a pensar por ellos mismos qué pueden hacer para repararlo, o a pedirle a la persona agraviada si pueden hacer alguna cosa para que se sienta mejor, se convierte en liberador para las dos partes. También es más educativo que imponer castigos y bastante más eficaz de cara a propiciar y restaurar la buena sintonía.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por admin el 12 enero 2012 dentro de Educación en Valores, Educación para la Salud: La Adolescencia, Familia, General, Hijos |

Esta frase la podemos decir a nuestros hijos en algunos momentos, sobre todo cuando ante un conflicto los corazones se cierran o se endurecen.
Hay ocasiones en que la comunicación entre padres e hijos deriva en un desbarajuste y cuanto más hablamos, más grande es el abismo que abrimos entre nosotros. Entonces, esta frase invita a recomenzar desde otro sitio, a dibujar caminos de encuentro, a generar nuevas posibilidades.
Le llamamos lenguaje del corazón porque es breve, claro, directo y preciso, porque conjuga saber y sentir y ayuda a restablecer el flujo amoroso que determinados hechos o palabras pueden haber perjudicado. No implica un tono cursi, ramplón ni endulzado. Lo que si requiere es cambiar de frecuencia, dejarnos de razones, argumentos, acusaciones y reproches y apelar directamente a los sentimientos, a la forma en que nos sentimos unos y otros y sobre todo, a las necesidades que tenemos para sentirnos bien y para estar en mejor disposición para poder escucharnos.
Los padres y madres, y todas las personas que ejercemos alguna tarea educativa, tenemos que aprender el lenguaje del corazón, enseñarlo e invitar a nuestros hijos a hablarlo. De hecho, ellos lo saben cuando son pequeños y a medida que van creciendo lo desaprenden.
Está muy bien hablar idiomas y saber utilizar los nuevos lenguajes tecnológicos, pero hay una cosa más importante todavía: aprender a expresar adecuadamente lo que sentimos y saber encontrar palabras que toquen el corazón de nuestros hijos.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por admin el 6 noviembre 2011 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, Familia, General, Hijos |

Un conocido poeta recibió la visita de un colega, que se definía partidario de dejar los niños en total libertad para que crecieran siguiendo su propio impulso. El poeta lo invitó a salir al jardín. Una vez allí, le sorprendió mucho que no hubiera ninguna flor.
Todo eran malas hierbas. “Solía estar lleno de rosas –dijo el poeta–, pero un día decidí dejarlas en total libertad y este es el resultado”.
En un pasado reciente, y en determinados ámbitos, los límites se han asociados al uso de la represión y la frustración como herramientas educativas, y han tenido mala prensa. Pero actualmente cada vez más padres nos damos cuenta de la necesidad de poner unos limites prudentes y razonables a los hijos. Los límites son buenos y convenientes cuando están al servicio de la vida, cuando nos ayudan a encarar nuevos retos de una manera realista, prudente y gradual. Cuando nos protegen de todo aquello que no podemos afrontar con garantías de salir mínimamente bien parados. También son positivos cuando favorecen la convivencia y nos orientan en relación con lo que corresponde y lo que no corresponde en cada momento, con lo que es adecuado o inadecuado en cada lugar y situación.
A muchos padres nos cuesta poner límites, y a menudo nos cuesta mucho, también, mantenerlos un vez puestos. A veces porque somos incapaces de tolerar las protestas que acostumbran a generar en las criaturas y otras veces porque tener que decir “no” a nuestros hijos nos duele tanto o más que a ellos.
Que en algunas ocasiones nos duela decir “no”, no nos tendría que impedir decirlo. Para poner un límite no hace falta recurrir a un autoritarismo insensible y radical. Hacer saber a nuestros hijos que nos sabe mal decirlos no y que a pesar de todo es “no”, confiere más consistencia a este no. Además, supone una manera amorosa, y firme a la vez, de ejercer la autoridad y de mantener una negativa que consideramos coherente y apropiada.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por admin el 17 octubre 2011 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Familia, General, Hijos |

La comunicación entre padres e hijos sería más sencilla si pusiéramos subtítulos que tradujeran en clave emocional las cosas que nos decimos. Especialmente, en la adolescencia. Los adolescentes están en plena efervescencia emocional y les cuesta pararse a reflexionar sobre las auténticas necesidades que laten tras sus impulsos. Por ello, raramente nos piden lo que verdaderamente necesitan y pocas veces expresan lo que realmente sienten. Los padres deberíamos ayudarles a identificarlo. Pero, a menudo, estamos tan o más verdes que ellos en este sentido. Estamos desconectados de nuestras emociones profundas o bien nos falta un vocabulario adecuado y preciso para expresarlas.
Modos de afrontarlo
Imaginemos por un momento, que adquirimos más destreza emocional y que, en vez de chillar como desesperados, les decimos: “Estoy enfadada y no es un buen momento para hablar”. En vez de entrar en fuegos cruzados, decir: “Esto me duele mucho y requiere una disculpa por tu parte”. En vez de desconfiar o dudar de ellos, explicarles: “Esto me preocupa y por eso estoy tan pendiente de ti”. En vez de mostrarnos decepcionados y recriminar sus errores, decir: “Te quiero aunque te equivoques y estoy aquí para ayudarte”.
Si nosotros ponemos luz y claridad a nuestras emociones y tenemos más presente nuestra manera de sentir, nuestros hijos también tendrán más presente la suya y quién sabe si, algún día, en vez de decirnos “Déjame en paz” nos dirán “Sigue pendiente de mí, aunque parezca que no me haces falta”. O en lugar de emprenderla con nosotros, confesarán: “Estoy hecho un lío y me desahogo contigo porque sé que me lo aguantas”. Imaginemos, por un momento, que unos y otros aprendemos a subtitular emocionalmente lo que nos decimos. El resultado puede ser una comunicación más grata, comprensible y directa al corazón.
Su autora, Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por Isabel Rubio el 24 septiembre 2011 dentro de Familia, General, Hijos |

Hoy, en el suplemento de salud del periódico Información, publico el siguiente artículo:
Hace unos días leía en la prensa digital la noticia: Un estudio matemático predice un 50% de aumento de los divorcios en cinco años
Un equipo de investigadores del Instituto Universitario de Matemática Multidisciplinar de la Universitat Politècnica de València ha realizado un estudio que predice un incremento del 50% en el número de divorcios en España en los próximos cinco años.
En la mayoría de las separaciones los conflictos son la norma. Los pediatras lo vemos a diario, sufren todos los miembros de la familia, es un proceso doloroso que se resolverá más o menos pronto en la medida que padre y madre sean capaces de poner la mirada en sus hijos y sacar lo mejor de sí mismos.
En el otro extremo está lo que se ha venido a llamar síndrome de alienación parental (SAP), un proceso que se caracteriza porque uno de los progenitores, habitualmente el que tiene la custodia, manipula a los hijos para que rechacen al otro; es al fin y al cabo una forma de maltrato al menor.
Fue el psiquiatra estadounidense Richard Gardner quién introdujo, en 1985, este término y según muchos informes se dá en un tercio de las separaciones contenciosas. Se denomina padre alienador el que quiere excluir (mejor denominarlo “padre aceptado”) y el excluído del mundo afectivo del hijo padre alienado (mejor denominarlo “padre rechazado”). Evidentemente hay distintos grados: hablar mal del otro progenitor, hacerles partícipes a los hijos de la rabia que siente hacia el otro o de los conflictos de pareja que han llevado al divorcio, desvalorizarlo, culpabilizar de todo al padre alienado y a veces también al hijo… hasta llegar a una manipulación psicológica del hijo que puede incluir denuncias falsas al otro progenitor.
Hablamos de Síndrome de Alienación Parental cuando existe un maltrato psicológico del progenitor “aceptado” sobre el hijo y el progenitor “rechazado”. Está claro que esta forma de maltrato al menor le causará graves problemas, caen en un conflicto de lealtades por el que pagan un precio muy alto.
Detrás de esta situación no hay, como en el caso del Síndrome de Munchausen por poderes (una forma de abuso infantil en la que el padre o la madre induce en el niño síntomas reales o aparentes de una enfermedad) un problema mental del progenitor “aceptado”, es la utilización de los hijos como modo de mitigar su rabia, para hacerle daño al otro al que siente culpable de la situación, por venganza. Suelen ser personas egocéntricas e inmaduras.
El SAP se detecta sobre todo en niños de 7-14 años de edad. En los más pequeños podemos observar inestabilidad emocional, inseguridad, sentimiento de abandono y al mismo tiempo gran dependencia del padre “aceptado”, conductas más infantiles de las que les corresponden por su edad y estallidos de conductas violentas. En las edades de 7 a 11 años viven la lucha entre el rechazo y el recuerdo de momentos agradables vividos con el padre excluído; frente a esta dualidad pueden radicalizar el rechazo. Por encima de los 12 años puede haber otras fuentes de información que dificulten la manipulación del menor, no obstante también se detectan casos. Con el desarrollo del hijo, progresivamente, irá teniendo una visión más objetiva de las relaciones con el padre rechazado y si supera el temor a la respuesta que pueda tener éste, suele darse el acercamiento.