Escrito por Isabel Rubio el 31 diciembre 2011 dentro de General, Hijos |

Hoy en el Suplemento de Salud del periódico Información publico el siguiente artículo, con él mis deseos de un ¡Feliz Año Nuevo!
Ha llegado diciembre con su Navidad y, sobre todo en las casas donde hay niños, un ambiente festivo que contagia. Son fechas en las que, en nuestra cultura cristiana, vienen los Reyes Magos en esa noche mágica para los más pequeños que es el 5 de enero. Poco a poco se nos ha ido colando Papá Noel y coexisten en armonía sumando regalos, más que optando entre uno y otro, como una raíz más de esta sociedad de consumo que vivimos.
En cualquier caso vienen cargados de regalos, quizás este año la situación económica también alcance a sus Majestades y repartan algo menos; ya saldrán los datos en la prensa y nos enteraremos de la factura de este año, lo que ha repercutido la crisis en el cargamento que portan los camellos o el trineo, pero regalos seguro que tendremos, sobre todo si nos hemos portado bien.
Soy una firme defensora de escribir la carta a los Reyes Magos o Papá Noel porque el ejercicio de escribirla sirve de reflexión, es una toma de conciencia para el niño, como para los adultos, acerca de su conducta, de su comportamiento, de sus méritos. Luego la incertidumbre de lo que vendrá, la espera, el misterio, la ilusión… todo ello estimula su imaginación y forma parte de la magia de la Navidad y además es una espera educativa, sobre todo en nuestra sociedad en la que estamos acostumbrados a recibir la gratificación rápidamente, a la no valoración del esfuerzo. Tienen además un valor añadido esas cartas, pues formarán parte de la historia de nuestro hijo, ¡cuánto he agradecido que mis padres guardaran alguna de las que escribíamos mis hermanos y yo siendo niños!.
Y, ¿qué regalos son los más recomendables?, ¿hay que hacer regalos distintos por sexos?, ¿regalos que sigan controles de calidad y sean seguros?, ¿qué dicen los “expertos”?, ¿hay que hacer una clasificación por etapas o hay regalos que sirvan para todas las edades?, ¿qué regalos son los que necesitan los niños de hoy?.
Los niños de hoy, como los de siempre, necesitan regalos “de los que no cuestan dinero”, cajas llenas de besos y abrazos, cajas llenas de achuchones, de “te quieros”, de miradas de “puedes contar conmigo”, cajas llenas de risas, de respeto, de caricias, cajas llenas de tiempo para compartir, de relación exclusiva, cajas con actividades para hacer juntos y que creen complicidades, cajas llenas de “eres importante para mí”, también cajas para ayudarles a meter los miedos, los malos sueños y, cómo no, cajas llenas de agradecimiento, del valor de dar y no sólo recibir, de cómo aprender a ser responsables en sus derechos y en sus deberes y cajas muy grandes llenas de solidaridad.
Y, lo mejor de todo, son un regalo mutuo, son también los mejores regalos que, como padres, podemos recibir.
Escrito por admin el 6 noviembre 2011 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, Familia, General, Hijos |

Un conocido poeta recibió la visita de un colega, que se definía partidario de dejar los niños en total libertad para que crecieran siguiendo su propio impulso. El poeta lo invitó a salir al jardín. Una vez allí, le sorprendió mucho que no hubiera ninguna flor.
Todo eran malas hierbas. “Solía estar lleno de rosas –dijo el poeta–, pero un día decidí dejarlas en total libertad y este es el resultado”.
En un pasado reciente, y en determinados ámbitos, los límites se han asociados al uso de la represión y la frustración como herramientas educativas, y han tenido mala prensa. Pero actualmente cada vez más padres nos damos cuenta de la necesidad de poner unos limites prudentes y razonables a los hijos. Los límites son buenos y convenientes cuando están al servicio de la vida, cuando nos ayudan a encarar nuevos retos de una manera realista, prudente y gradual. Cuando nos protegen de todo aquello que no podemos afrontar con garantías de salir mínimamente bien parados. También son positivos cuando favorecen la convivencia y nos orientan en relación con lo que corresponde y lo que no corresponde en cada momento, con lo que es adecuado o inadecuado en cada lugar y situación.
A muchos padres nos cuesta poner límites, y a menudo nos cuesta mucho, también, mantenerlos un vez puestos. A veces porque somos incapaces de tolerar las protestas que acostumbran a generar en las criaturas y otras veces porque tener que decir “no” a nuestros hijos nos duele tanto o más que a ellos.
Que en algunas ocasiones nos duela decir “no”, no nos tendría que impedir decirlo. Para poner un límite no hace falta recurrir a un autoritarismo insensible y radical. Hacer saber a nuestros hijos que nos sabe mal decirlos no y que a pesar de todo es “no”, confiere más consistencia a este no. Además, supone una manera amorosa, y firme a la vez, de ejercer la autoridad y de mantener una negativa que consideramos coherente y apropiada.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por Isabel Rubio el 27 octubre 2011 dentro de Educación en Valores, General, Hijos |

Hace ya muchos años alguien muy querido me regaló este poster que durante mucho tiempo tuve colgado en la pared.
Ahora acabo de leer una hermosa y conmovedora novela, “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, de la que copio sólo dos frases: la primera hablando de cómo su padre entendía y ejercía la educación de sus hijos:
“Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo felíz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz”
La segunda una reflexión del autor, ya adulto:
“Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres”.
Escrito por admin el 17 octubre 2011 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Familia, General, Hijos |

La comunicación entre padres e hijos sería más sencilla si pusiéramos subtítulos que tradujeran en clave emocional las cosas que nos decimos. Especialmente, en la adolescencia. Los adolescentes están en plena efervescencia emocional y les cuesta pararse a reflexionar sobre las auténticas necesidades que laten tras sus impulsos. Por ello, raramente nos piden lo que verdaderamente necesitan y pocas veces expresan lo que realmente sienten. Los padres deberíamos ayudarles a identificarlo. Pero, a menudo, estamos tan o más verdes que ellos en este sentido. Estamos desconectados de nuestras emociones profundas o bien nos falta un vocabulario adecuado y preciso para expresarlas.
Modos de afrontarlo
Imaginemos por un momento, que adquirimos más destreza emocional y que, en vez de chillar como desesperados, les decimos: “Estoy enfadada y no es un buen momento para hablar”. En vez de entrar en fuegos cruzados, decir: “Esto me duele mucho y requiere una disculpa por tu parte”. En vez de desconfiar o dudar de ellos, explicarles: “Esto me preocupa y por eso estoy tan pendiente de ti”. En vez de mostrarnos decepcionados y recriminar sus errores, decir: “Te quiero aunque te equivoques y estoy aquí para ayudarte”.
Si nosotros ponemos luz y claridad a nuestras emociones y tenemos más presente nuestra manera de sentir, nuestros hijos también tendrán más presente la suya y quién sabe si, algún día, en vez de decirnos “Déjame en paz” nos dirán “Sigue pendiente de mí, aunque parezca que no me haces falta”. O en lugar de emprenderla con nosotros, confesarán: “Estoy hecho un lío y me desahogo contigo porque sé que me lo aguantas”. Imaginemos, por un momento, que unos y otros aprendemos a subtitular emocionalmente lo que nos decimos. El resultado puede ser una comunicación más grata, comprensible y directa al corazón.
Su autora, Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por Isabel Rubio el 24 septiembre 2011 dentro de Familia, General, Hijos |

Hoy, en el suplemento de salud del periódico Información, publico el siguiente artículo:
Hace unos días leía en la prensa digital la noticia: Un estudio matemático predice un 50% de aumento de los divorcios en cinco años
Un equipo de investigadores del Instituto Universitario de Matemática Multidisciplinar de la Universitat Politècnica de València ha realizado un estudio que predice un incremento del 50% en el número de divorcios en España en los próximos cinco años.
En la mayoría de las separaciones los conflictos son la norma. Los pediatras lo vemos a diario, sufren todos los miembros de la familia, es un proceso doloroso que se resolverá más o menos pronto en la medida que padre y madre sean capaces de poner la mirada en sus hijos y sacar lo mejor de sí mismos.
En el otro extremo está lo que se ha venido a llamar síndrome de alienación parental (SAP), un proceso que se caracteriza porque uno de los progenitores, habitualmente el que tiene la custodia, manipula a los hijos para que rechacen al otro; es al fin y al cabo una forma de maltrato al menor.
Fue el psiquiatra estadounidense Richard Gardner quién introdujo, en 1985, este término y según muchos informes se dá en un tercio de las separaciones contenciosas. Se denomina padre alienador el que quiere excluir (mejor denominarlo “padre aceptado”) y el excluído del mundo afectivo del hijo padre alienado (mejor denominarlo “padre rechazado”). Evidentemente hay distintos grados: hablar mal del otro progenitor, hacerles partícipes a los hijos de la rabia que siente hacia el otro o de los conflictos de pareja que han llevado al divorcio, desvalorizarlo, culpabilizar de todo al padre alienado y a veces también al hijo… hasta llegar a una manipulación psicológica del hijo que puede incluir denuncias falsas al otro progenitor.
Hablamos de Síndrome de Alienación Parental cuando existe un maltrato psicológico del progenitor “aceptado” sobre el hijo y el progenitor “rechazado”. Está claro que esta forma de maltrato al menor le causará graves problemas, caen en un conflicto de lealtades por el que pagan un precio muy alto.
Detrás de esta situación no hay, como en el caso del Síndrome de Munchausen por poderes (una forma de abuso infantil en la que el padre o la madre induce en el niño síntomas reales o aparentes de una enfermedad) un problema mental del progenitor “aceptado”, es la utilización de los hijos como modo de mitigar su rabia, para hacerle daño al otro al que siente culpable de la situación, por venganza. Suelen ser personas egocéntricas e inmaduras.
El SAP se detecta sobre todo en niños de 7-14 años de edad. En los más pequeños podemos observar inestabilidad emocional, inseguridad, sentimiento de abandono y al mismo tiempo gran dependencia del padre “aceptado”, conductas más infantiles de las que les corresponden por su edad y estallidos de conductas violentas. En las edades de 7 a 11 años viven la lucha entre el rechazo y el recuerdo de momentos agradables vividos con el padre excluído; frente a esta dualidad pueden radicalizar el rechazo. Por encima de los 12 años puede haber otras fuentes de información que dificulten la manipulación del menor, no obstante también se detectan casos. Con el desarrollo del hijo, progresivamente, irá teniendo una visión más objetiva de las relaciones con el padre rechazado y si supera el temor a la respuesta que pueda tener éste, suele darse el acercamiento.
Escrito por Isabel Rubio el 19 septiembre 2011 dentro de Educación para la Salud: La Etapa Escolar, General, Hijos |

3.- ¿Qué suele ocurrir a lo largo del periodo de adaptación?:
Es una separación dolorosa para padres e hij@s…pero sólo al principio. Puede haber el segundo, tercer día….los llantos que no hubo el primero, porque no se enteró de qué iba ésto….pero progresivamente lo irá interiorizando y, poco a poco, veréis cómo se va haciendo más autónomo, como inicia el camino de la socialización.
Como periodo doloroso, aparte del llanto en el momento de separarse, puede tener problemas con el sueño, estar más llorón, a veces rabioso, vómitos, menos apetito… otras veces los ves aislados en el aula o aferrados al peluche que han traído de casa, o parece que están muy bien en el aula desde el primer momento pero en casa tienen conductas regresivas…son problemas “en el rango de normalidad”, son las manifestaciones de la ansiedad por separación de la maduración normal.
Cada niño llega a la escuela infantil con un grado de “madurez emocional y social”, cada niño tiene un ritmo de adaptación personal que hay que respetar, necesita “su” tiempo, tiempo que va en relación a la adaptación que también hacen los padres; todo lo que vosotros sintáis: la inseguridad, la culpabilidad por la separación, el temor a si va a ser bien cuidado…dificultará y alargará el periodo de adaptación. Y por otro lado también está en relación al modo en que se trabaje en la escuela infantil, a su modelo pedagógico, si responde a las necesidades que en este periodo tiene el niño. Un ejemplo: si tiene establecida la incorporación progresiva de los alumnos en pequeños grupos se minimiza el esfuerzo de adaptación en los niños y facilita la tarea del educador.
Por último recordad que no es un buen momento para introducir más cambios en la vida del niño (quitar pañales, cambio de habitación…). Es conveniente esperar a que supere el proceso de adaptación.
4.- ¿Qué supone para el niño la adaptación a la escuela infantil?:
* Aceptar la separación de sus padres, sabiendo que ellos siguen estando ahí, que le siguen queriendo. Podemos decir que la adaptación sería el proceso por el que el niño y la niña elaboran emocionalmente la pérdida y la ganancia que le supone la separación.
* Establecer vínculos de afectividad con el educador@, otros adultos de la escuela y los demás niñ@s. Aceptar que debe compartir al adulto, que ya no es el centro de atención.
* Aceptar su nuevo espacio, moverse libremente en él, adaptarse a las nuevas rutinas, a las normas que va estableciendo su educador@.
* Continuar su socialización, ahora a través de la escuela, porque en la guardería y en la escuela infantil todo conduce a la socialización.
La socialización se realiza primordialmente en el seno de la familia; son los padres los que introducen al hij@ en las normas, hábitos, modos de actuar, valores… Al acudir a la escuela infantil inicia la socialización escolar que le supone iniciarse en nuevos roles sociales, en nuevos hábitos… nuevos para ellos con respecto a los familiares.
En la escuela el proceso socializador se da en dos direcciones, una vertical: la de las relaciones educador@-niñ@ y otra horizontal: la relación entre iguales. Las primeras son similares a las que el niñ@ vive en casa con sus padres, el adulto tiene la autoridad, pero en el caso de la escuela el educador@ es un profesional y puede ser otro modelo para el niño y, en algunos aspectos, jugar un papel muy importante como generador de salud. Las segundas son informales, espontáneas y ofrecen unas posibilidades de relación social cualitativamente distintas a las que tiene el niñ@ en su casa, aunque tenga hermanos; los compañeros son también “ventanas” al mundo, “representantes” de otras culturas.