Escrito por admin el 1 febrero 2012 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, General, Hijos |

Vaya por delante que soy amante de las cosas bien hechas y que disculpo los errores pero no la incompetencia, y menos cuando esta se convierte en un mal colectivo que desmerece y arruina un país. La imperfección a la que yo me refiero es otra. Es la de las cosas que todavía están lejos del ideal, la de aquello que está bien pero no termina de convencer, la de lo que no es como querríamos que fuera y no depende de nosotros que llegue a serlo.
La realidad, el mundo y las personas estamos llenas de pequeñas y grandes imperfecciones, que no siempre podemos cambiar. Lo que no hacemos suficientemente bien; aquel amigo que nos sale por peteneras; aquel maestro que es antipedagógico, aquellas palabras que deberíamos haber dicho o que nos deberíamos haber guardado; aquel acto que ha estado mal organizado… Si nos obsesionamos y nos dedicamos a combatirlo, tenemos muchos números para vivir permanentemente insatisfechos. Si consideramos que lo imperfecto forma parte de la vida y lo asumimos con naturalidad, vivimos más relajados nosotros y los que nos rodean.
Es cuestión de límites.
Esta es una de aquellas cuestiones en que de la teoría a la práctica hay un abismo. Podemos suscribir el planteamiento, pero a la hora de la verdad ser padres extremadamente perfeccionistas y exigentes con nuestros hijos, a quienes sometemos a un marcaje agobiante y de quienes minimizamos los aciertos y magnificamos los desaciertos. Nos desesperamos cuando las cosas no se ajustan a nuestros esquemas o actuamos como si se acabase el mundo cuando les toca un maestro antipedagógico.
Lo imperfecto tiene que ver con nuestros límites y con la aceptación de la realidad como es. Aprender a convivir con ello es una cura de humildad y un signo de sabiduría. Dice un escritor de éxito que no existe nada completamente errado en el mucho. Hasta un reloj estropeado, acierta dos veces al día.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por Isabel Rubio el 30 enero 2012 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, General |

Leo en la revista Anales de Pediatría un artículo: “Perfil de los adolescentes que acuden a urgencias por intoxicación enólica aguda”.
Se ha realizado en el Hospital Universitario Sant Joan de Déu de Esplugues de Llobregat, Barcelona, por médicos de la Unidad de Conductas Adictivas del Servicio de Psiquiatría y Psicología y de la Sección de Urgencias del Servicio de Pediatría.
Sabemos del incremento de las consultas a los Servicios de Urgencia (SU) de jóvenes por intoxicación etílica aguda (IEA). El estudio plantea conocer el perfil psicosocial de estos adolescentes.
Para ello “se entrevistaron telefónicamente a 104 familias de casos de adolescentes atendidos en el SU por una IEA y se comparó con 104 controles emparejados por edad y sexo, para obtener datos sociodemográficos, clínicos, académicos y de funcionamiento familiar.”
El estudio refleja que “el 72% de los adolescentes que consultaron por una IEA tenía una edad inferior a 16 años. El 37.7% repitió un curso escolar, el 20% presentó absentismo escolar y el 19.6% abandonó los estudios básicos. El 9.8% estaba en tratamiento psiquiátrico. Sólo el 11,4% de los pacientes fueron derivados a un dispositivo especializado”. Al igual que los datos publicados anteriormente, “en la muestra estudiada se observa una mayor prevalencia de mujeres (58,7%) que consultan por IEA en urgencias. Esta realidad se ha justificado por una mayor vulnerabilidad del sexo femenino a los efectos del alcohol”. Llama también la atención el bajo porcentaje de derivación a unidades de tratamiento especializadas de los pacientes que acuden a los SU, “datos también observados en estudios previos, y que pueden reflejar una política de tolerancia y laxitud por parte de la sociedad en relación con los episodios de intoxicación por alcohol”.
Plantea como conclusiones “la necesidad de desarrollar protocolos de actuación en los SU que contemplen no sólo los parámetros bioquímicos/toxicológicos sino que también incluya la valoración de parámetros psicosociales”(…)“consultar a un SU pediátricas por una IEA no es indicativo, por sí solo, de que exista una repercusión a nivel psicosocial directamente asociada a dicho consumo. Esto indica que podemos encontrar dentro de este grupo heterogéneo diferentes formas clínicas de gravedad” (…) “existen evidencias de que una intervención precoz puede tener carácter preventivo por lo que la consulta en urgencias puede constituirse en una oportunidad para iniciar dicho proceso. Por tanto, los servicios de urgencias pueden desempeñar un papel clave en la detección rápida y precoz de los adolescentes que consumen alcohol de forma abusiva o problemática, ya que éstos suelen consultar antes en estos servicios que a los especializados en el ámbito de las adicciones. La literatura existente ha evidenciado que realizar una intervención breve en los mismos SU es efectiva, tanto en la reducción de conductas problemáticas futuras como disminuyendo la cantidad y la frecuencia de alcohol ingerido, así como incrementando la vinculación a unidades de tratamiento especializadas”.
También puede interesaros una entrada anterior: Alcohol y adolescencia.
Escrito por Isabel Rubio el 20 enero 2012 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, Enfermedades de la Infancia, General |

Esta semana ha venido a consulta Andrés, un niño de 11 años, por dolor en el talón.
Tras preguntarle acerca del dolor y explorarlo, la sospecha es de que se trata de la “enfermedad” de Sever.
Para completar la información que le adelanté en la consulta pensaba hacerle un resumen en maynet, pero me parece muy bueno el que hace el Dr. César Galo García Fontecha, especialista en ortopedia pediátrica, en su web traumatología infantil.com.
Por tanto aquí te dejo el enlace: Enfermedad de Sever.
Escrito por admin el 18 enero 2012 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, General, Hijos |

Que a nuestros hijos les toque un profesor que nos guste mucho o poco no es solamente cuestión de suerte. Los ojos con los que los padres miramos al profesorado influyen, decisivamente, en la manera con la que el niño se relacionará con ellos y con el nivel de aprendizaje que alcanzará con cada uno de sus maestros.
En los años de escolaridad de mis hijos debo de haber conocido una veintena larga de tutores y tutoras y no tengo quejas importantes de ninguno. No es porque fueran perfectos. Pero, para mí, como si lo hubieran sido. Cada comienzo de curso, cuando volvía de la reunión de padres de la escuela, querían saber qué me parecía su nuevo profesor. Consciente de cómo podía ser de relevante lo que dijera, miraba de destacar principalmente las cosas positivas. A veces resultaban evidentes y otras veces las tenía que intuir, pero siempre las acababa encontrando.
Encontrar las virtudes
Una vez, uno de mis hijos me adelantó: “Este año es imposible que te guste. ¡Es más aburrido que una ostra!” Lejos de dejar que me condicionara, me mantuve en la actitud habitual y procuré contrarrestarlo: “Yo no lo he encontrado tan aburrido- le dije al volver de la reunión-. Tiene un tono un poco monótono, pero me ha parecido una persona atenta, seria y cabal y me ha gustado”. Lo siguió encontrando aburrido, pero en ningún momento llegó a ser un obstáculo insalvable, y de eso se trata. Cuando los padres miramos mal a un maestro, es muy probable que nuestros hijos entren en conflicto con él. Si somos capaces de mirarlo con buenos ojos y resaltar lo bueno que tiene- más allá de si nos cae simpático-, seguramente ellos también lo mirarán mejor.
Evitaremos una asociación que puede ser nefasta: me cae mal- es un mal profesor- comienzo a tener problemas. Y lo más importante de todo: les daremos permiso para aprender con él.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por Isabel Rubio el 16 enero 2012 dentro de Educación para la Salud: El Lactante, Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, Enfermedades de la Infancia, General |

“El Comité Asesor de Vacunas (CAV) de la Asociación Española de Pediatría (AEP) actualiza sus recomendaciones de vacunación, en la infancia y la adolescencia, con la publicación de su calendario de vacunaciones para 2012. Estas recomendaciones tienen en cuenta la evidencia disponible sobre la efectividad y la eficiencia de las vacunas, así como la epidemiología de las enfermedades inmunoprevenibles en nuestro país.”
“Las principales novedades en las recomendaciones para el año 2012, respecto a las emitidas por este comité hace un año, son las siguientes:
* Las primeras dosis de las vacunas triple vírica (TV) y de la varicela se recomiendan preferentemente a los 12 meses, aunque se considera aceptable entre los 12 y 15 meses.
* Las segundas dosis de las vacunas TV y de la varicela se recomiendan entre los 2 y 3 años, con preferencia por los 2 años.
* La nueva horquilla de administración recomendada de las dosis de refuerzo de las vacunas frente al meningococo C y al neumococo es de 12 a 15 meses.
* Si las circunstancias epidemiológicas lo requieren, se recomienda una dosis de refuerzo frente al meningococo C a aquellos niños que hayan recibido una serie primaria en el primer año de vida sin refuerzo a partir de los 12 meses de vida.
* Se recomienda la vacuna combinada de baja carga antigénica frente al tétanos, la difteria y la tos ferina Tdpa a los 4-6 años, siempre acompañada de otra dosis de Tdpa a los 11-14 años (en 2011 a los 14-16 años).”
Encontraréis información más detallada en El portal de las vacunas de la Asociación Española de Pediatría, área de familias.
Seguimos insistiendo un año más en un calendario de vacunaciones único.
Escrito por Isabel Rubio el 13 enero 2012 dentro de Educación para la Salud: La Adolescencia, Enfermedades de la Infancia, General |

He leído este artículo en el Medline Plus, un servicio de la Biblioteca Nacional de Medicina de EE.UU. y me ha parecido interesante: plantea que las estrategias de prevención de la obesidad deben ir más allá de la comida y el ejercicio, puesto que parece haber una relación entre obesidad en el adolescente y un vínculo de “baja calidad” madre e hijo en los primeros meses de vida. Os dejo el enlace.
“Los hallazgos se hacen eco de investigaciones anteriores que mostraron que los niños pequeños que no tenían vínculos emocionales estrechos con sus padres eran más propensos a ser obesos para cuando tenían 4.5 años de edad. (…) El análisis mostró que el riesgo de obesidad de los niños a los 15 años era mayor entre los que tenían la relación emocional de más baja calidad con sus madres cuando eran niños pequeños. (…) Estos hallazgos y otros anteriores indican que el riesgo de obesidad podría ser afectado por áreas del cerebro que controlan las emociones y las respuestas al estrés, que funcionan junto con las que controlan el apetito y el equilibrio energético, explicaron los investigadores.
Los autores sugirieron que los esfuerzos de prevención de la obesidad deben incluir estrategias para mejorar el vínculo entre madre y niño, además de promover una dieta más sana y ejercicio.”