Escrito por admin el 12 enero 2012 dentro de Educación en Valores, Educación para la Salud: La Adolescencia, Familia, General, Hijos |

Esta frase la podemos decir a nuestros hijos en algunos momentos, sobre todo cuando ante un conflicto los corazones se cierran o se endurecen.
Hay ocasiones en que la comunicación entre padres e hijos deriva en un desbarajuste y cuanto más hablamos, más grande es el abismo que abrimos entre nosotros. Entonces, esta frase invita a recomenzar desde otro sitio, a dibujar caminos de encuentro, a generar nuevas posibilidades.
Le llamamos lenguaje del corazón porque es breve, claro, directo y preciso, porque conjuga saber y sentir y ayuda a restablecer el flujo amoroso que determinados hechos o palabras pueden haber perjudicado. No implica un tono cursi, ramplón ni endulzado. Lo que si requiere es cambiar de frecuencia, dejarnos de razones, argumentos, acusaciones y reproches y apelar directamente a los sentimientos, a la forma en que nos sentimos unos y otros y sobre todo, a las necesidades que tenemos para sentirnos bien y para estar en mejor disposición para poder escucharnos.
Los padres y madres, y todas las personas que ejercemos alguna tarea educativa, tenemos que aprender el lenguaje del corazón, enseñarlo e invitar a nuestros hijos a hablarlo. De hecho, ellos lo saben cuando son pequeños y a medida que van creciendo lo desaprenden.
Está muy bien hablar idiomas y saber utilizar los nuevos lenguajes tecnológicos, pero hay una cosa más importante todavía: aprender a expresar adecuadamente lo que sentimos y saber encontrar palabras que toquen el corazón de nuestros hijos.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
Escrito por Isabel Rubio el 27 octubre 2011 dentro de Educación en Valores, General, Hijos |

Hace ya muchos años alguien muy querido me regaló este poster que durante mucho tiempo tuve colgado en la pared.
Ahora acabo de leer una hermosa y conmovedora novela, “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, de la que copio sólo dos frases: la primera hablando de cómo su padre entendía y ejercía la educación de sus hijos:
“Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo felíz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz”
La segunda una reflexión del autor, ya adulto:
“Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres”.
Escrito por admin el 23 julio 2011 dentro de Educación en Valores, Familia, General, Hijos, Pareja |

Esta es una de las frases más tranquilizadoras que les podemos decir a los hijos cuando los padres se separan. Separados como pareja significa que los padres ya no vivirán juntos. Juntos como padres significa que los dos los seguirán queriendo y atendiendo, que continuarán siendo un tándem a la hora de educarlos y reuniéndose en los momentos importantes. En definitiva, que sabrán poner el amor como padres y el respeto por encima de las turbulencias emocionales propias de una separación.
Hay padres y madres que pueden decirlo con total convencimiento desde del primer día. Otros, en cambio, quieren decirlo pero no pueden. También hay otros que no tienen ningunas ganas de decirlo. La situación ha llegado a un punto que no quieren seguir juntos ni siquiera como padres.
La lógica preocupación por las criaturas, acompañada de una compasión a veces mal entendida, nos lleva a menudo a descalificar a estos padres. Después de unos años orientando familias que pasan por este trance, me he dado cuenta que este no es el camino. Los padres que cuando se separan se sitúan de espaldas – incluso de uñas-, entre ellos, también son dignos de comprensión. Aunque estén ofuscados, en el fondo de su corazón saben que sus hijos estarán mejor si consiguen pacificarse. Y a eso no se llega con exigencias ni reproches. Se llega partiendo de lo que cada persona siente, y tomándose el tiempo y la ayuda necesarios para poder transformarlo en otros sentimientos más saludables.
Cuando das a entender a un padre o a una madre que lo está haciendo fatal, seguramente se sentirá culpable o molesto y lo más probable que se le cierre el corazón. Cuando le dices que sabes perfectamente que lo que le pides es difícil, pero que si algún día lo consigue será bueno para su hijo y para sí mismo, un pequeño y poderoso rayo de esperanza atraviesa la gran nube en que se convierte a veces una separación.
Su autora, Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz.
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Escrito por admin el 18 mayo 2011 dentro de Educación en Valores, Educación para la Salud: La Adolescencia, Educación para la Salud: La Etapa Escolar, Familia, General, Hijos |

Los padres y madres se supone que somos personas adultas y como tales nos deberíamos caracterizar por nuestra capacidad de conjugar sentimientos ambivalentes o contrapuestos, como por ejemplo el enfado y el amor.
Cuando nuestros hijos hacen alguna cosa que desaprobamos, cuando nos tratan de mala manera o nos dicen algún insulto, tenemos todo el derecho a enfadarnos y expresar nuestro disgusto. No sólo tenemos derecho, si no que incluso es recomendable hacerlo. Pero conviene que aprendamos a hacerlo sin dramas, con un toque sereno y manteniendo siempre intacto el amor.
Sería síntoma de una simplicidad y de una inmadurez impropia de un adulto, dar a entender a nuestros hijos que nuestro amor está supeditado a su conducta y que estar enfadados es incompatible con el hecho de amar. Expresiones como “Estoy muy enfadada contigo y no te quiero” o “Si haces eso no te querré”, instauran las bases del chantaje emocional, la dependencia y la sumisión del otro, y puede tener futuras repercusiones negativas en su manera de relacionarse.
Nuestro amor ha de ser sólido, incondicional y gratuito. Debe de estar a prueba de sus conductas, de sus aciertos y desaciertos, y sobre todo de los vaivenes emocionales que todo esto nos genere. Los hemos de querer por quiénes son y por cómo son, y no por lo que hacen o dejan de hacer.
En lugar de convertir nuestro amor en moneda de cambio, es preferible enseñarlos a enfadarse bien, sin explosiones malsanas, sin dramas, represalias ni revanchas, y convertirnos a la vez en un buen referente del hecho que es posible enfadarse si hacer sangre y sin dañar los vínculos afectivos. Esto nos hará fiables a sus ojos y les proporcionará un sentimiento de seguridad imprescindible para crecer emocionalmente sanos.
Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz
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Escrito por admin el 26 enero 2011 dentro de Educación en Valores, Familia, General, Hijos |

Con las criaturas no hace falta que nos esforcemos mucho para enseñarles a decir “no”. Normalmente lo aprenden solitos y muy pronto. Alrededor de los dos o tres años la mayoría ya lo saben decir con una cierta rotundidad y cuando llegan a la adolescencia alcanzan un dominio del “no“ francamente extraordinario.
Enseñar a decir “Sí, mamá” resulta un poco más difícil y a medida que van creciendo, la cosa más bien se complica en lugar de arreglarse.
No hemos de pretender, ni mucho menos, que las criaturas digan siempre “Sí, mamá” (o “sí, papá”, que en este caso es lo mismo). Aprender a decir “no” es importante. Una criatura necesita saber decir “no” para adquirir un sentido de sí misma, formarse un criterio propio y ser menos manipulable a manos de otros. Pero también necesita saber decir “sí”. El “sí “ es igualmente importante y necesario. Nos abre al otro, al intercambio, al aprendizaje, a la aceptación de lo que es como es…
Hay un “sí, mamá” interno, profundo, que viene a ser un sí a la vida y a la propia madre, y una serie de síes más simples y cotidianos que facilitan la convivencia y de paso abonan el camino hacia el primer sí más completo. Me refiero al “Sí, mamá, ahora lo hago”, cuando apelamos a algún deber pendiente, al “Sí, mamá, tienes razón”, cuando les señalamos alguna equivocación, o cualquier otro sí de este estilo.
Me hago cargo que algunos de estos síes pueden parecer misión imposible en determinados momentos, pero aunque así sea, conviene que hagamos notar a las criaturas igualmente su importancia. Lo podemos hacer reconociendo abiertamente delante de ellos que decir “Sí, mamá” resulta difícil en determinadas edades, pero que a veces es más efectivo que discutir tres horas, y que el día que sean capaces de decirlo de verdad será toda una conquista, de la cual seguramente se sentirán muy satisfechos.
Su autora, Eva Bach, escritora y pedagoga, aporta reflexiones sobre la comunicación entre padres e hijos a partir de una frase que nos ayuda a educar.
El artículo original está escrito en catalán y lo ha traducido Cristina Sanz